Había llegado a aquella calle,
sin saber cómo el destino me llevo allí esa mañana. Caminando sí, pero sin un
motivo al que agarrarme. Una vez allí me paré, cerré los ojos y fue una montaña
de sensaciones, de carcajadas, de emociones, también prisas y algún que otro café. Abrí los ojos y todo estaba vacío, en silencio.
Volví a cerrarlos y de nuevo todos vinieron, junto con su voz, sus comentarios,
unos cerca y otros desde lejos. Por momentos no quería abrir los ojos,
disfrutando me encontraba de aquello que jamás pensé que me fuese a emocionar. El
paso de unas personas hizo que abriera los ojos, para entonces ya había recreado
un pedacito de mi vida.