Allí estaba ella, con su minifalda de cuero, de pié y mirando fijamente hacia la puerta, en la que debía entrar a la hora señalada en aquella carta recibida con remite de la conocida asociación. Era palpable su estado tenso, como si ahí dentro fuera su juicio final. Mira su teléfono, aún no es la hora, respira hondo y mueve ligeramente sus piernas, acomoda el zapato y se abre la puerta, la nombran y allí va ella con paso decidido hacia el lugar que le trasmitía aquella tensión. La puerta se cierra como ocultando un secreto, nadie sabe que ocurre, solo sé escucha un vago cuchicheo del que no se advierte nada en absoluto. Después de más de dos horas aquella intrigante puerta se abre de nuevo y sale aquella mujer de medias de cristal con una sonrisa y mostrándose encantadora con todos los que allí estábamos. Que ocurrió detrás de aquella puerta, nadie lo sabe, lo que sí sabemos es que una puerta así es a veces necesaria
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